El jardín de las fresas

He de confesar que varias veces me he planteado abandonar mis reinos fantasiosos porque me he sentido juzgada, como si todo eso fuera cosa “de niños”. Poco después me di cuenta de un fenómeno curioso: existen los adultos que adoran la fantasía porque no son tan serios como parecen.
Los adultos que adoran la fantasía no son muy partidarios de la realidad y, a su vez, tampoco son muy partidarios de aquellos que la detestan y se refugian en distopías. Las últimas son personas serias y aburridas, las primeras son personas interesantes.
Mi abuela vivía en el extranjero, muy al norte. Pasaba con ella dos semanas cada tres meses más o menos. En treinta y cinco años de vida jamás (jamás) vi su jardín despejado. Siempre con niebla.
Y un día, a primeros de junio, la niebla se disipó sobre las diez de la mañana (la causa, creí, fue la temperatura). Sin que mi abuela me viera, me escapé de la casa de piedra y atravesé el jardín corriendo, feliz como una niña pequeña.
Mi abuela no hablaba mucho y a la vez, hablaba por los codos. Soltaba retahílas sobre sus vecinas, me contaba lo tedioso que le resultaba cortar el césped y que el jardinero era un hombre muy majo pero creía que le robaba fresas.
Rosaline no hablaba de su jardín, tampoco me había prohibido explorarlo (yo sentía que la niebla y el tiempo lo hacían por ella), no hablaba sobre qué plantas tenía ni de dónde sacaba la fruta, no me aclaraba si sólo cortaba el césped de la parte que se podía ver a pesar de la niebla o todo el césped (si es que había más)… Los misterios y las preguntas la rodeaban.
Cuando lo atravesé corriendo tardé bien poco en darme cuenta de la “selva” de hierba que había crecido, a siete metros de la casa. Empecé a sentir que me metía donde no me llamaban y me pregunté qué demonios haría el jardinero, por qué le pagaba mi abuela.
El jardín era impresionante: había retazos rojos, amarillos, blancos… todo se salpicaba de colores, árboles frondosos, frutas… ¡Había hasta un huerto! Crecían patatas, calabacines, berenjenas, pimientos y alguna col…
La densa hierba me protegió al tambalearme. En los límites del jardín se alzaba, nada más y nada menos, que una casita de piedra, como una catedral de estilo romano.
La niebla para mí siempre había ocultado cosas y había creado en mi imaginación cualquier tipo de fantasía que se albergaría en su interior: hadas, duendes, mariposas brillantes… Lo más parecido que vi a eso fueron las flores de colores, las hojas, las frutas y hortalizas. No llegué a plantearme la existencia de otra casa.
El edificio medía unos tres metros, hecho de piedra, con unas puertas de madera que ocupaban casi toda la fachada. Parecía alargarse hacia atrás, con unas cuantas ventanas, tan estrechas como la construcción.
Abrumada por la idea de descubrir algo (y ocultárselo luego a mi abuela), me pegué a las puertas e hice fuerza. Cedieron tan poco como pensaba y volví a empujar, con más ahínco.
Una vez conseguí abrir una rendija lo suficientemente grande como para caber, entré.
Había una capilla, cuadrada, de cuatro por cuatro metros, llena de artificios en oro y marfil. Las paredes, cubiertas de mármol, guiaron mi mirada a una estatuilla de la Virgen María encuadrada en complicadas columnas de oro llenas de vegetación decorativa. No había espacio en la habitación para nada más y el suelo se había forrado de terciopelo azul… Me sentí una reina, rebosante de dinero, rodeada de arte, de cientos de miles de detalles, tan diminutos que podían ser observados durante días y meses y no cansarse de ellos, que permiten encontrar siempre algo nuevo.
Me pareció ver una sombra por el rabillo del ojo, en una cavidad a mi derecha. Me sacó de mi trance, me sobresalté y volví a la realidad. Del susto que me pegué, me sentí abrumada. Todo empezó a volverse raro. Dispuesta a descubrir dónde me había metido, salí corriendo, persiguiendo a la sombra.
¿Podía haber alguien aquí?
Apremié el paso tras la figura que creí haber visto por la puerta, que daba a un pasillo realmente estrecho con paredes de yeso naranja claro. Había otra puertecita al final, más bien otra cavidad. Cuando la atravesé, me quedé sin palabras… de nuevo.
Se abría ante mí una habitación con mucha luz, una cama baja con mantas azules y una cocina de gas amarillenta. Una mesa de madera y dos sillas ocupaban el centro. El resto de espacio lo cubrían cientos y cientos de libros… Tenían dibujos y decoraciones en sus lomos, algunos brillaban. Había en una esquina un armario con ropa, mantas y capas de color oscuro colgadas en sus laterales.
Un sonido de sorber mocos me distrajo, miré a la izquierda de la sala, había un hombre bajito bajo una capa negra, encogido, casi calvo y con un bigote prominente.
-¿José? -pregunté.

Me preparó café y nos sentamos a la mesa. No me pudo ofrecer pan porque se quedaría sin él.
-¿Por qué ya no vives en casa?
-Hace dos años que no vivo en casa.
-Pero, ¿por qué? -le insistí. Tenía los ojos hundidos y rojos de tanto llorar, se estaba quedando sin dientes y parecía bastante escuálido.
-Rosaline me echó. Me confundía con el jardinero, un ladrón de frutas.
Siguió llorando.
José era mi abuelo.
-¡Si estáis casados!
-Cariño -me cogió las manos-… no se acuerda.
Esa frase me congeló. Me sentí tonta por no haberme dado cuenta. Yo me acordaba de José y, simplemente, dejó de estar. Le pregunté a la abuela dónde se había metido, hace años ya, y ella contestaba que no lo sabía: di por sentado que le abandonó, se fue.
Resulta que no.
-Entonces, ¿quién es el jardinero? ¿Quién lo ha sido todo este tiempo? ¿Cómo has sobrevivido durante dos años? -mi nivel de voz se elevaba a cada pregunta que hacía de la preocupación.
-Yo, el jardinero he sido yo desde el principio.
-¿Y le robas a la abuela?
-La palabra robar… le cojo prestado café y pan, poco, para que no se dé cuenta. Y le cojo las fresas del jardín y las hortalizas, se las dejo casi todas en la puerta para que, cuando crecen, ella las pueda tener. No creo que recuerde el huerto.
»Cazo conejos, nunca me desoriento, ya le he cogido el tranquillo a vivir entre la niebla, alguna vez me he escabullido al mercado para comprar pollo; tampoco muchas, no me sobra el dinero.
Empecé a pensar en los libros y los reconocí. Me acordé de todas esas veces en las que, siendo yo pequeña, señalaba las estanterías de mis abuelos y les pedía que me contaran esos cuentos. “Son cuentos de adultos” replicaban. Me salía con la mía proponiéndoles, cada vez, que los adaptaran para que los pudiera escuchar una niña.
José lo hacía. Me contaba historias de brujas, de fugas de cárcel, de robos en bosques, de piratas… El mundo que construía, más allá de todo lo que conocía, me parecía hermoso: incorporé los barcos pirata a los mares, la criaturas mágicas a los bosques y el habla a los animales.
La realidad me golpeó bruscamente cuando, aquel hombre tan fantástico, el autor de todas mis fantasías, dejó caer su cabeza sobre la mesa de madera.
Mi mente iba a toda máquina, pensando en cualquier plan que pudiera funcionar.
-¿Te fuiste porque te echó o porque te dolía que no te recordara?
Mi pregunta debió sentarle como una tabla de plomo cayéndole encima pero necesitaba conocer la respuesta para que mi plan funcionara.
José levantó la mirada, me observó fijamente y, cansado de reconocérselo a sí mismo, respondió:
-Ambas.
Ese fue el año en el que le dije a mi abuela que la mujer del jardinero le había echado de casa porque ese mes no cobró por robarle las fresas, le presenté a José y accedió a compartir casa.
-Te prometo que no volveré a robar fresas y te las traeré siempre -le dijo.
Fue el año en el que me mudé a vivir con mis abuelos y tuve que empezar toda mi vida de nuevo y también conocí a Martha. Las grandes historias terminan con frases como “Y el resto es historia”, considero que ésta también lo es, así que: el resto, como suele decirse, es historia.

Basado en una idea y consigna de Marina Wagner.

Alicia Lehmann

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