El banco en el acantilado

Compartía contigo aquel puente sobre las vías de las afueras desde donde se veía toda la capital y hablábamos otra vez del cambio de perspectiva. 
Cuando pasa el tren traqueteando bajo nuestros pies siento que voy de camino al congreso de los pájaros y las ocas me tiran al vacío. 
Y nunca llego. 
A veces me siento como el hijo de Elphaba… o no. Porque nunca he conocido mi árbol genealógico. 
A veces me siento de vuelta en el bosque junto al pueblo, perseguida por una jauría de lobos que pasan delante de mí cuando me alcanzan porque no me han visto. 
A veces siento que tengo una prueba y que, al presentarse ante mí, posee el mismo nombre pero tiene cinco obstáculos sólo para mí. 
Volví a torcer la vista hacia la línea rectangular de edificios repartidos irregularmente y comprendí que debía ver mis problemas allí, a lo lejos, como algo exclusivo del centro y no de las afueras. Deduzco que en ese momento pensé que podía entregarte el mapa. 
– ¿Vamos a encontrar algo con esto? 
Me encogí de hombros:
-Supongo que sí. 
Nos pusimos en marcha. 
Me miraste con una sonrisa socarrona, esa tan sarcástica tuya que te hace levantar una ceja y la otra no. 
-Te ha jorobado hasta el último de sus días. 
El mapa en realidad era una lista breve de trece puntos. Especificaba dónde se suponía que acababa una finca ubicada en quién sabe dónde. 
Intentando deducir el lugar, atravesamos otro puente por encima de aquel lago con las algas estancadas y lleno de cisnes hasta llegar a una explanada verde. En la lista no se mencionaba ese destino como el final y andamos casi tres kilómetros más. Descubrimos un extraño bosque escondido en un valle que tampoco conocíamos con árboles blancos y altos. A la derecha del bosque, una colina con un sendero de barro que, supuestamente, debíamos atravesar nos condujo a más cuestas, más caminos de barro y cientos y cientos de matorrales con bayas rojas.
El punto siete decía que el comienzo se hallaba en una caracola más grande de lo normal que alguien olvidara hace décadas. La encontramos diez pasos más allá del último arbusto de bayas rojas. 
La siguiente esquina delimitaba el extremo este y la marcaba el hueso de un conejo. La tercera la marcaba el islote de un riachuelo donde toman el sol las ranas y la cuarta, un árbol partido por un rayo, podrido y torcido. 
Tras el arroyo y tras el árbol, había una explanada de unos cinco por tres metros, donde crecían flores de azafrán blancas y moradas. Teniendo en cuenta que el calendario marcaba agosto, no deberían crecer. 
-¿Pasamos aquí la noche?
Nunca te lo comenté en vida pero me asombraba tu capacidad para convencerme de hacer grandes locuras. Creo que siempre has sabido cuándo venían los momentos mágicos y evitabas decírmelo para que no lo pasara por alto, tratándolo como bobadas. 
Hacía calor y el suelo mullido no resultaba tan incómodo. 
-Así que dejó todo esto, ¿eh? Tan mal no le caerías. 
Dejé la página de mi diario junto a tu descanso, tu banco favorito en el acantilado del mar. Aquel viejo loco que jugaba al chinchón conmigo en el parque me tenía aprecio de verdad… Espero que alguien encontrara la historia y leyera cómo vimos tú y yo volar libélulas una noche de agosto que
confundimos con flores de azafrán. 
Estos días en los que tú no estás me siento así: de camino al congreso de las Aves, superada por una jauría de lobos que no me advierten. 
Ansío ver qué me tienes preparado cuando nos encontremos de nuevo. 

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